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Andrés Reisinger: «Me interesa especialmente esa sensación única de estar simultáneamente en el presente y en otro tiempo»

Entrevista con el artista digital Andrés Reisinger

En el marco de ARCO Madrid, el visionario artista digital Andrés Reisinger nos sumerge en su universo creativo con Una Rueda de Ondas que se Forma con el Humo, una instalación inmersiva que desafía la percepción del tiempo y la memoria. En un espacio industrial en las afueras de Madrid, Reisinger ha construido un escenario donde lo analógico y lo digital se entrelazan, dando vida a una experiencia multisensorial. Desde esculturas que cristalizan recuerdos hasta proyecciones de la infancia y paisajes sonoros nostálgicos, su exposición reinterpreta la memoria en un entorno donde la tecnología y la artesanía conviven en armonía.

Conversamos con Reisinger sobre su proceso creativo, su exploración de la materialidad en el arte digital y su visión sobre el futuro de la creación artística en la era de la inteligencia artificial.

Tu nueva exposición en Madrid presenta un diálogo entre lo digital y lo tangible, entre la memoria y la innovación. ¿Cómo concebiste la idea de transformar un taller industrial en este espacio poético de recuerdos?

Madrid ha actuado como un catalizador inesperado para reconectar con mi pasado. Desde que me mudé aquí, ciertos rincones de esta ciudad han despertado resonancias con los recuerdos de mi infancia en Buenos Aires, particularmente con el taller de mi abuelo Bruno.

No quería un cubo blanco aséptico para esta exposición. Necesitaba un espacio con su propia vida, con olores, sonidos e historia impresa en cada rincón. Este taller en Vallecas posee una materialidad que dialoga directamente con mis recuerdos: las herramientas, la maquinaria, el frío invernal, los aromas industriales que me transportan al local de autopartes y reparación de embragues de mi abuelo.

La idea surgió de ese diálogo entre mi presente en Madrid y los fragmentos de memoria que llevo conmigo. El taller industrial no es simplemente un contenedor para las obras; es parte integral de la experiencia, creando esa tensión productiva entre la utilidad cotidiana del espacio y la contemplación que proponen las piezas artísticas. Me interesa ese contraste entre el trabajo manual que sigue ocurriendo y las reflexiones más etéreas sobre la memoria y el tiempo.

El taller en funcionamiento nos recuerda que la memoria no existe en un vacío, sino que está siempre entrelazada con la vida práctica, con la continuidad de lo cotidiano. Es una forma de subrayar que mis recuerdos de infancia ocurrieron en un espacio de trabajo real, no en un escenario idealizado.

«La cristalización de un paseo», la pieza central de la muestra, refleja una fusión entre lo virtual y la artesanía. ¿Cómo influyó tu experiencia en el diseño digital en la creación de esta escultura física? ¿Dirías que es una forma de «dar cuerpo» a lo intangible?

Esta escultura refleja la naturaleza de nuestra relación con los recuerdos. Primero imaginamos, modelamos digitalmente, creamos una versión idealizada – ese es el componente digital. Pero luego necesitamos materializarla, darle una presencia física que pueda interactuar con la luz, que ocupe un espacio tangible – esa es la elaboración tradicional con plata y níquel.
Me fascina ese momento de traducción, donde una idea digital atraviesa el umbral hacia lo físico, transformándose en el proceso. No es una simple reproducción; es una reinterpretación, como sucede con nuestros recuerdos cuando intentamos articularlos o compartirlos.

La rama plateada representa las flores que mi abuela llevaba al taller de mi abuelo para iluminar ese espacio oscuro lleno de humo. Pero están cristalizadas a través de mi memoria y de este proceso dual, convirtiéndolas en algo que existe simultáneamente en ambos mundos.

Más que «dar cuerpo» a lo intangible, lo que busco es crear puentes entre diferentes formas de existencia. El diseño digital me permite explorar posibilidades formales con una libertad casi ilimitada, mientras que la artesanía física aporta una dimensión táctil, una presencia que dialoga con la luz y el espacio de manera única. Lo interesante no es la dirección del movimiento (de lo digital a lo físico o viceversa), sino la riqueza de la conversación entre estos mundos.

Tu trabajo siempre ha desafiado los límites entre el arte y la tecnología. Con la inteligencia artificial y la realidad virtual expandiendo el panorama creativo, ¿cómo ves la evolución del arte digital en los próximos años?

Creo que estamos entrando en una era donde las fronteras entre disciplinas y medios se volverán cada vez más porosas. La inteligencia artificial y la realidad virtual no son simplemente nuevas herramientas, sino que están redefiniendo conceptos fundamentales como autoría, creatividad, experiencia y presencia.
Lo más interesante para mí no es la tecnología en sí misma, sino las preguntas que nos permite plantear. ¿Cómo cambia nuestra relación con el espacio cuando podemos habitar entornos virtuales? ¿Qué significa crear cuando colaboramos con sistemas de inteligencia artificial? ¿Cómo se transforma nuestra comprensión de la originalidad y la autenticidad en este contexto?

El futuro más prometedor del arte digital no está en la espectacularidad tecnológica, sino en su capacidad para crear nuevas formas de experiencia, nuevos modos de percepción. Veo un horizonte donde las obras existirán simultáneamente en múltiples dimensiones, donde lo físico y lo digital no serán categorías opuestas sino aspectos complementarios de la misma realidad.

También creo que veremos un retorno a lo táctil, a lo sensorial, precisamente como contrapunto a la digitalización creciente. No como rechazo a la tecnología, sino como parte de un ecosistema más rico donde diferentes formas de experiencia puedan coexistir y enriquecerse mutuamente.

La memoria y el tiempo son conceptos recurrentes en esta exhibición, desde la proyección de objetos domésticos hasta los paisajes sonoros con tangos y grabaciones de radio. ¿Cuál es tu relación personal con la nostalgia y cómo influye en tu obra?

Mi relación con la nostalgia es compleja. No la veo como un simple anhelo por el pasado, sino como un estado peculiar donde diferentes temporalidades se superponen, donde el pasado y el presente coexisten en una especie de suspensión.
Los tangos y milongas de Héctor Varela, las grabaciones de radio local de Buenos Aires, los objetos flotantes proyectados – todos estos elementos recrean fragmentos de mi infancia en la casa de mis abuelos. Pero no busco reproducir literalmente ese pasado, sino evocar esa cualidad específica de la memoria donde los recuerdos aparecen fragmentados, amplificados, transformados por el tiempo.

Me interesa especialmente esa sensación única de estar simultáneamente en el presente y en otro tiempo, como cuando un aroma o una canción nos transporta repentinamente a un momento del pasado. Es ese estado intermedio, ese umbral entre temporalidades lo que intento recrear en mi trabajo.

En esta exposición, la nostalgia no es un fin en sí mismo, sino un vehículo para explorar cómo construimos nuestra identidad a través de los recuerdos, cómo los espacios y objetos cotidianos se transforman en repositorios de memoria, cómo el tiempo modela nuestra percepción de la realidad. No se trata de romantizar el pasado, sino de entender cómo sigue vivo en nuestro presente, cómo nos configura y cómo nosotros lo reconfiguramos constantemente a través del acto de recordar.

En un mundo donde lo digital puede parecer efímero, tu exposición reivindica la permanencia de la memoria a través de la materialidad. ¿Crees que el arte tiene el poder de conservar lo que de otro modo se perdería en el flujo constante de información?

El arte no conserva la memoria de manera literal o documental, sino que crea nuevos receptáculos para ella, nuevas formas de experimentarla y compartirla. En ese sentido, no preserva tanto los hechos del pasado como las sensaciones, las atmósferas, las cualidades emocionales de la experiencia.

Lo que me interesa es cómo el arte puede crear espacios donde el tiempo se vuelve elástico, donde diferentes momentos pueden coexistir y dialogar. La materialidad juega un papel crucial en esto: un proyector Super 8 con su sonido característico, el calor que genera, la ligera vibración de la imagen; una tela con bordados que conserva las imperfecciones de la ejecución mecánica; la plata pulida que refleja la luz de manera particular – todas estas cualidades materiales crean una experiencia que va más allá de la información, que apela a nuestros sentidos de manera directa.

En un mundo saturado de datos, el arte puede ofrecernos experiencias de una temporalidad diferente, invitarnos a habitar espacios de contemplación donde el significado no es inmediatamente evidente, donde tenemos que tomarnos tiempo para descubrir las capas, las texturas, las preguntas que una obra nos plantea.

No veo lo digital como inherentemente efímero ni lo material como inherentemente permanente. Ambos tienen sus propias formas de persistencia y desaparición. Lo que el arte puede hacer es crear puentes entre estas diferentes formas de existencia, recordándonos que nuestra experiencia del mundo es siempre multisensorial, que abarca tanto lo tangible como lo imaginado, lo presente como lo recordado.

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